Apego evitativo y stonewalling: la retirada que se escribe en silencio
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El silencio no siempre es desprecio
El stonewalling —el muro de silencio descrito por Gottman— suele ser vivido por la pareja como un castigo, como indiferencia, incluso como desprecio. Pero cuando se cruza con un apego evitativo, adquiere otro sentido: no es un arma, es una defensa. La persona evitativa, incómoda con la dependencia y la intensidad emocional, se retira cuando el vínculo se estrecha o cuando el conflicto sube —no para herir, sino para protegerse de un desbordamiento que no sabe regular de otra manera—. Cruzar ambas nociones transforma la lectura del silencio.
Y esa retirada, por su regularidad ante desencadenantes precisos, se lee en los mensajes.
Por qué el cruce se lee en la recurrencia
Un silencio aislado no dice nada. El cruce evitativo/stonewalling se reconoce por un patrón recurrente: la retirada surge sistemáticamente en los mismos momentos —cuando la intimidad crece, cuando la emoción sube, cuando una petición de cercanía se vuelve apremiante—. Ese carácter previsible, ligado a desencadenantes constantes, distingue la retirada defensiva del evitativo del silencio punitivo.
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Prendre RDV en visioséanceLo escrito conserva esa regularidad. Al releer el historial, se ve que el silencio no es aleatorio: responde a la calidez excesiva, a la petición de definir la relación, al conflicto abierto. Y también se ve que, en el evitativo, suele ir acompañado de un regreso posterior como si nada hubiera pasado —no por cinismo, sino porque la distancia le permitió regularse—.
Lo que revela el cruce
- La retirada como regulación: el silencio calma al evitativo desbordado, allí donde el ansioso querría, en cambio, más contacto.
- El desencadenante «cercanía»: paradójicamente, suele ser el acercamiento (y no el alejamiento) lo que hace huir al evitativo.
- La ausencia de intención hostil: el muro no se levanta contra ti, se levanta contra una emoción inmanejable.
- La danza con el ansioso: junto a una pareja ansiosa, esa retirada alimenta la espiral persecución/distancia.
Leer el cruce en el historial
- Los desencadenantes de la retirada: ¿el silencio sigue a la cercanía, a la emoción, al conflicto?
- La regularidad: ¿la retirada es previsible, ligada a las mismas situaciones?
- El regreso: ¿el evitativo vuelve tras haberse regulado, en lugar de castigar de forma duradera?
- La danza: ¿la retirada coincide con una petición de cercanía de la pareja?
Domesticar la retirada
- Para la pareja del evitativo: no leer el silencio como un rechazo personal; dejar espacio a la vez que se pide un regreso anunciado.
- Para el evitativo: aprender a anunciar la retirada («necesito un momento, vuelvo a ti») transforma un muro en una pausa —es el antídoto de Gottman—.
- Para ambos: nombrar la danza persecución/distancia desactiva la espiral.
- Trabajar el fondo. Un test psicológico sobre el apego ilumina el mecanismo de la retirada; y un acompañamiento en la consulta ayuda al evitativo a tolerar la intimidad sin huir, y a la pareja a no sentirse abandonada.
Lo escrito da sentido al silencio
Desde fuera, la retirada del evitativo se parece al stonewalling punitivo —pero su lógica es la inversa: es una protección, no un ataque—. Lo escrito, al revelar la regularidad de la retirada y sus desencadenantes, permite hacer esa distinción crucial. Allí donde el silencio parece decir «me da igual», el historial revela a menudo «estoy desbordado» —y comprender que el muro protege al otro en lugar de apuntarte cambia por completo la forma de responder a él—.
Este cambio de lectura no borra el dolor de toparse con el silencio, ni le pide a la pareja que lo soporte de forma indefinida. Lo que ofrece es un punto de partida distinto: en lugar de subir el tono para derribar el muro, la pareja puede nombrar el patrón, pedir un regreso anunciado y dejar al evitativo el espacio suficiente para volver por sí mismo. El historial escrito es lo que lo hace posible, porque muestra —negro sobre blanco— que el silencio es una defensa recurrente y ligada a desencadenantes, no un veredicto sobre la relación. Visto así, el muro deja de ser el final de la conversación y se convierte en una señal de que una emoción se ha desbordado y necesita, por un momento, algo de distancia para asentarse.
Gildas Garrec, psicopracticante TCC en NantesRetrouvez cet article sur le site principal avec des ressources complementaires.
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